El desafío de la democracia en las escuelas

F. Javier Murillo. 
Universidad Autónoma de Madrid. 

Director de la Cátedra UNESCO en Educación para la Justicia Social.

Guillermina Belavi. 
Universidad Autónoma de Madrid.

Investigadora de la Cátedra UNESCO en Educación para la Justica Social.      

“Todo acto educativo es un acto político”, nos decía Paulo Freire; y lo es porque involucra unos valores, una utopía, una imagen de la sociedad que busca alcanzar. La opción política de la educación de Freire, que compartimos, es una educación comprometida con la construcción de una sociedad más democrática y justa. Y somos conscientes del uso del pleonasmo –la redundancia– que hacemos: sin democracia no hay justicia social y sin justicia social no puede haber una genuina democracia.

Y desde la educación, sin duda, podemos y debemos construir una sociedad más democrática y justa, y el camino no puede ser otro que una educación democrática y justa. Porque la educación, o es democrática, o no es educación. Será instrucción o capacitación, pero no una educación realmente comprometida con el desarrollo integral de las personas y de la sociedad. Es más, una educación que no trabaje por lograr sociedades más democráticas, justas e inclusivas, solo será una educación opresiva y legitimadora de las desigualdades e injusticias.

Para que nuestras palabras no se queden en proclamas vacías vamos a proponer cuatro ideas que contribuyan a encarar el desafío de hacer escuelas más democráticas (y justas).

Pero antes, es importante tener claro que democracia es mucho más que un conjunto de procedimientos y reglas para la toma de decisiones. En excesivas ocasiones se ha creído que una escuela democrática es aquella en la que existen algunos canales institucionales en los que determinadas personas deciden sobre ciertos asuntos. Democracia es mucho más, es un modo de vivir, una experiencia de comunicación, de reflexión y de acción conjunta que requiere, para ser genuina, avanzar de la mano de la justicia social.

Con ese planteamiento, la primera idea para avanzar en la construcción de escuelas más democráticas es creer que es posible hacerlo; y, a partir de ahí, que toda la comunidad escolar trabaje junta, con discursos y hechos, para construir esa democracia genuina en la escuela. La normativa escolar de todos los países exige, al menos en lo formal, el establecimiento de ciertas instancias de participación con la que se obtiene cierta pátina de democracia; pero sólo en la medida que la escuela adopte esas formas y procesos democráticos, los haga suyos y les dé vida a partir de sus propios valores, normas y expectativas la escuela convertirá la democracia en una realidad cotidiana. Es lo que llamamos una cultura escolar democrática.

Toda escuela tiene tu propia cultura, evidenciada en forma de creencias, valores, normas y expectativas que orientan el sentido de la educación, los criterios éticos que ordenan la acción educadora y las relaciones cotidianas de todas las personas que participan en la escuela. Cuando esta cultura escolar sintoniza con los valores de igualdad, diversidad, justicia social, libertad y solidaridad, cuando valora y promueve la participación de toda la comunidad educativa, estamos frente a una escuela de esencia democrática. Si, por el contrario, no existe esa convicción colectiva plasmada en acciones, la democracia se queda en falacia impostada que solo beneficia a quieres les incomoda la democracia.

Una segunda dimensión para enfrentar el desafío de lograr una escuela democrática es tener una gobernanza escolar democrática. Gobernanza es un término de nuevo cuño que va más allá de la dirección, gestión u organización escolares, y que refleja el cambio generado en los últimos años en las formas de gestión y decisión pública. Con él se resaltan las dinámicas complejas que hay detrás de los procesos de decisión, la influencia de múltiples con distintas cuotas de poder y las redes de intereses que entran en juego. Busca, por tanto, diferenciarse de la forma en que tradicionalmente se tomaban las decisiones de gobierno, relacionada con instancias burocráticas y con autoridades centralizadas de competencias delimitadas. El desafío es aprovechar esas nuevas formas de gestión y decisión para abrirlas a la participación de todas las personas y para democratizar las decisiones y la gestión de lo público, de manera que podamos hablar de gobernanza democrática, también en la escuela.

Estos cambios nos invitan a abrir los espacios de decisión escolar a toda la comunidad educativa, aprovechando las nuevas formas de gestión y evitando decisiones centralizadas o procedimientos rígidos que no se adapten a las dinámicas de los participantes. Promover las iniciativas autónomas dentro de la comunidad educativa, delegar decisiones de gestión, organizarse en grupos y de manera cooperativa, fomentar las relaciones horizontales, trabajar en redes, crear sinergias entre participantes o sumar esfuerzos con colectivos sociales del barrio, entre otras, son formas de adaptar la necesidad de tomar decisiones constantes e inmediatas con la participación y la democracia. La clave de una gobernanza escolar democrática es compaginar la existencia de canales institucionales de participación en la escuela donde todas las personas pueden decidir sobre los asuntos que les afecten, con una comunicación fluida y constante que, con transparencia, permita seguir y cubrir toda la complejidad de los procesos.

Tener una cultura y una gobernanza democrática en las escuelas son condiciones necesarias pero no suficientes. Se necesita, además, que la participación de todos y todas que facilita la gobernanza escolar democrática sea real e igualitaria. Por ello, dos elementos más deben estar presentes para lograr una participación paritaria: por un lado, que todos tengan las mismas condiciones para que se de esa participación efectiva y, por otro, que no haya minusvaloraciones de unos participantes sobre otros en función de su cultura, origen étnico, origen nacional, capacidad, identidad de género o elección sexual, entre otras. Las dimensiones de redistribución y el reconocimiento, heredadas del concepto de Justicia Social de Nancy Fraser, son dos elementos necesarios para construir una escuela democrática.

Efectivamente, dado que no todos y todas parten de las mismas condiciones ni de los mismos apoyos para ejercer la participación de manera real, es necesario garantizar unas condiciones de igualdad mediante un tratamiento diferenciador, lo que nos lleva al concepto de redistribución. Los recursos materiales y didácticos de las escuelas y el tiempo y apoyo docente han de ser distribuidos de manera tal que impulsen a quienes se encuentran en situación de desventaja para que puedan ejercer esa participación.

Pero, además, esta necesidad de contar con las condiciones necesarias para lograr una participación real exige estar complementada con un reconocimiento y valoración de la diversidad cultural, de origen nacional, capacidad, identidad de género o elección sexual, entre otras, de las personas. Vivimos en sociedades (y escuelas) en los que los varones europeos, de piel clara, de cultura mayoritaria y heterosexuales lo tienen más fácil. En la medida que seamos conscientes de que los patrones socioculturales hegemónicos impiden que las opiniones de las personas sean igualmente valoradas por falta de reconocimiento sobre algunas personas, grupos y comunidades, podemos cuestionarlos y transformarlos para hacerlos más inclusivos, diversos y justos. Ello nos invita a reconocer los saberes y conocimientos de las y los estudiantes, de las culturas y comunidades a las que pertenecen y fomentar el desarrollo de las inteligencias múltiples. Romper con la idea de que el conocimiento es algo neutral y objetivo y comprender que es una construcción social (con implicaciones sociales) es el camino para hacerlo más democrático.

Además, y estamos con la cuarta idea, para que una escuela sea realmente democrática también ha de enseñar democracia. La democracia fue (y es) una conquista histórica producto de luchas colectivas por avanzar en la justicia social, por proteger las libertades colectivas e individuales y por construir solidaridad social, y así ha de estar reflejado en el currículum. Conocer los esfuerzos históricos que se realizaron para conseguirla y los costos dramáticos de haberla descuidado es una manera de evitar darla por sentada y descuidarla. Además de los contenidos, un currículum democrático enseña la democracia en el ejercicio cotidiano, en la praxis de la reflexión crítica y la participación comprometida, de modo que aporta experiencias democráticas al estudiantado.

Cultura y gobernanza escolares democráticas, redistribución y reconocimiento, y enseñar democracia son, desde nuestra humilde perspectiva, los elementos básicos que hay que enfrentar para superar el desafío de lograr unas escuelas democráticas que contribuyan a una sociedad más democrática. El auge de los movimientos dudosamente democráticos (por decirlo de manera amable) en todo el mundo, no nos deja alternativas: o avanzamos hacia la conformación de escuelas democráticas y que enseñan democracia… o repetiremos los episodios más tristes de nuestra historia.